La fragua del tempo

Sexto experimento 14'22"

Despierta, pero a diferencia de los experimentos previos, no está en el subterráneo. Tras la noche en la sierra ha mantenido la continuidad de este presente nuevo que lo acoge multiplicando sus sensaciones. Sigue habitando el bucle de tiempo abierto por los fragmentos musicales que su nueva memoria ha guardado, escapando momentáneamente al control de los científicos, aunque sabe que es cuestión de tiempo.

Siente una ola de frecuencias que vibran por encima de lo sonoro, es la luz del alba en Almonaster la Real, Huelva. El cielo clarea y su mano izquierda golpea un tamboril; es el toque de alba para despertar al grupo. Con cada golpe y vibración, las frecuencias dejan caer memorias militares y religiosas entre los aros de madera del instrumento. Crece la mañana y niños y niñas en círculo juegan con las manos puestas sobre una mesa improvisada: Pimpineja.

Círculos. Cuadrados. Las ondas de frecuencias graves le transmiten cómo los panderos eran utilizados por las mujeres en el antiguo Mediterráneo y en el Oriente próximo para acompañar la música de rituales: fertilidad, regeneración. La piel de cabra del tamboril se vuelve cuadrada y vibra hacia el oeste, hacia el Adufe portugués y luego hacia el sur, enviando ondas hacia el Duff árabe. Redobles de Jota en su espalda, las memorias se pierden fuera de su campo de visión.

Mientras su mano derecha marca el pulso en el tamboril, su mano izquierda sostiene un Kaval, la flauta tradicional de los pastores de los Balcanes. Sus pulmones se llenan de una melodía cuyo destino es hacer que las ovejas coman en la pradera que les rodea, y a la siguiente respiración, insuflan una flauta de Serbia. Las vibraciones del aire recuerdan a la Kāwālā (en árabe: كاوالا‎or كولة‎) y al Ney. Las colinas onubenses se funden con las laderas verdes de Épiro (en griego, Ήπειρος, Épeiros, lit. 'continente'). El grupo despierta, juntan las manos en un círculo y giran contra el reloj siguiendo con sus cuerpos el lamento de un Mirologi. Siente cómo los científicos aprietan el tiempo para traerle de vuelta, sufre. Pero el círculo le mantiene en este nuevo presente que gira contra sí mismo.

El círculo se estrecha, gira con otros tres hombres, al sol, su nombre es Vincenzo Gallus. Las cuatro voces se afinan, cantan a tenore, polifonía del norte de Cerdeña. Sus bocas armonizan unos versos de Giovanni Pietro Cubeddu, un poeta pastor y religioso sardo del s. XVIII. Cuando le culparon de una muerte en su iglesia, huyó y se adentró en el monte. Todos los domingos reunía a los bandidos de la zona bajo un roble. Los cuatro corazones laten al mismo tempo, el círculo gira hacia otra isla hermana, y sus voces transitan a las de cinco mujeres corsas construyendo una polifonía pastoral. Briznas de hierba, el círculo se asienta en la tierra.

Siente que su cuerpo es tomado por los científicos, intentan hacerle volver, impedirle experimentar su nuevo presente, alargar el bucle de tiempo que abren los fragmentos que su memoria ahora es capaz de sostener entrelazándolos. Su consciencia, resonando sobre la melodía de su infancia, salta hacia un espacio intersticial hecho de pequeños bucles momentáneos donde los científicos parecen no llegar.

Suena un Nahawand (نهاوند) tetracordio, su consciencia gira en el espacio –del Líbano a Egipto, de la cítara, al salterio, al qanun, que en árabe significa “regla, ley, principio”– y en el tiempo: el espacio de la cítara crece entre los bucles temporales, se transforma en un piano, y él, Abdallah Chahine, lo modifica en Egipto para tocar modos arábigos con cuartos de tono, uniendo pasado y futuro en un pliegue. En el siglo XVIII, el martinete es la pieza que golpea las cuerdas de un clavicordio, o el badajo de una campana. Oscuridad histórica a su alrededor, los sonidos no generan imágenes al ir tan atrás en el tiempo, golpes secos convulsionan su cuerpo dejado atrás.

Esta nueva consciencia sonora transforma cada golpe en la chispa de algo nuevo. Golpea un yunque, canta un martinete, los fuelles dobles de esta fragua sonora que se compone en esta oscuridad material. Las ondas sonoras se templan, nota un cambio, libre de su cuerpo, puede observar la escena de su infancia. El tiempo no discurre, el espacio vibra. En la orilla del mar escucha el espacio que la melodía había atesorado en su memoria. Lo recorre y se adentra en el agua. La memoria que tenía de su propio cuerpo se diluye y transforma. Su consciencia comienza a vibrar por encima de los 20Khz, un mundo de frecuencias nuevo para él. La luz queda en la superficie, el mar se abre ante él con toda su profundidad.

Las ondas que le rodean le comunican que no está solo.


Aquí puedes ver en detalle el collage y las canciones usadas en la pieza con sus albums / archivos de procedencia: